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Una Disneylandia socialista

En 1971 Disney anunció la apertura de Magic Kingdom en Florida; Castro en 1972 ordenó construir un parque donde los niños no se retratarían con Mickey Mouse sino con Lenin.

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Una de las atracciones del Parque Lenin.

Según la versión oficial, la extensa área boscosa en el extremo sur de la capital cubana, bautizada en 1972 como “Parque Lenin”, fue concebida como una especie de “pulmón” para una ciudad desprovista de suficientes áreas verdes. La transformación de las más de 700 hectáreas de fincas agropecuarias particulares en un extenso jardín provocó el desplazamiento forzoso de los pobladores del territorio. Apenas cinco años atrás, la construcción de la presa Ejército Rebelde, aledaña al parque, había causado otros desalojos (y desarraigos) entre los campesinos del lugar, a pesar de que en 1952, durante una visita que Fidel Castro hiciera a la zona ―mucho antes del triunfo de la revolución―, les prometiera agua, caminos y escuelas.

No hay que negar que al menos agua tuvieron, pero tanta que debieron marcharse definitivamente. La zona, de gran interés estratégico, por ocupar el mismísimo centro geográfico de la provincia, quedó despoblada y lista para ser convertida en una cortina natural para camuflar unidades militares y campos de espionaje soviéticos. En sus alrededores se asentaron algunos de los más importantes barrios e instalaciones para las fuerzas militares rusas y cubanas.

El más famoso campo de antenas ruso operaba en las cercanías y se calcula que el derribo de las compuertas de la presa Ejército Rebelde, en apariencias inútil, anegaría totalmente la zona en apenas unos segundos, resguardando muchísimos secretos que quizás jamás serán revelados a la opinión pública mundial.

Un ingeniero civil, que no desea ser identificado, sostiene que los errores cometidos en la construcción del embalse son extremadamente absurdos para ser desperfectos casuales: “Las compuertas de la presa parecen ornamentales. De haber sido diseñadas para aliviar en caso de inundaciones, el Parque Lenin no hubiera podido ser construido porque todos los años quedaría bajo las aguas. El agua correría desde las compuertas hasta Calabazar y taparía todas las unidades [militares] de por aquí, el campo de antenas. No hay dudas de que fue a propósito. Cuando se desborda, la presa vierte contrario, hacia Parcelación y el Reparto Eléctrico, inundándolo todo. Ni el más anormal de los ingenieros comete semejante error”.

Precisamente por el carácter enmascarado de los planes militares de la zona, muy cercana al aeropuerto y áreas industriales de importancia, se le confirió públicamente a la obra propósitos ambientalistas y recreativos, particularmente para los menores de edad. Los niños funcionarían como la pantalla ideal, para no decir “rehenes perfectos”, en caso de una invasión foránea o un conflicto armado interno.

Continúa luego del siguiente anuncio:

Tanto el Palacio de Pioneros como el campamento de exploradores, el internado Volodia para niños sin hogar (denominados como “hijos de la patria”) y el Preuniversitario Vocacional Lenin fueron emplazados en el corazón del parque y concebidos bajo los más estrictos modelos educativos soviéticos, mientras que el área de diversiones, actualmente “Parque Mariposa”, fue pensado como una especie de imitación socialista de Disneylandia. Tengamos en cuenta que fue en el año 1971 que la compañía Disney anunció la apertura de su Magic Kingdom, precisamente en La Florida, de modo que Fidel Castro en 1972 trataría de superar a los “enemigos” con ese sucedáneo donde los niños en vez de tomarse fotos junto a Mickey Mouse o Walt Disney lo harían junto a la efigie de mármol del “camarada” Vladimir Ilich, al presente olvidada en un apartado rincón, sin flores ni visitantes.

Si bien es cierto que, debido al entusiasmo inicial, el parque infantil brindó servicios de relativa alta calidad con aparatos divertidos y seguros, con el tiempo comenzó a declinar hasta el desastre económico y político de los años 90 cuando todo quedó prácticamente en la ruina, una situación que no ha podido ser superada en la actualidad donde aún el visitante puede advertir los abandonos.

De aquellas ofertas gastronómicas que resultaban muy atractivas en los años 70 y principios de los 80 no queda absolutamente nada. Abundan los puntos de venta vacíos, mientras que las pocas golosinas expuestas en los anaqueles de las cafeterías son de muy mala calidad y se venden a precios altísimos, comparados con el salario promedio de un trabajador estatal, de unos veinte dólares mensuales.

La mayoría de los artefactos mecánicos están paralizados y los que aún trabajan representan un verdadero peligro para la seguridad de los menores. La montaña rusa se encuentra funcionando, a pesar de que algunos de los tramos de las vías están afectados por la corrosión y deben ser sostenidos por andamios también en riesgo de colapsar debido al deterioro. La estrella mirador, escenario de algunos accidentes lamentables, es una verdadera calamidad. Muchas de las cabinas han tenido que ser retiradas y, si bien en su corta época de gloria, fue casi como el emblema del parque, aún lo continúa siendo pero solo como la imagen terrorífica de los tiempos que corren.

Ríos inundados por las aguas albañales y los desperdicios, muñecos descoloridos, parajes desolados y famosos por los frecuentes robos y asaltos violentos, aceras cubiertas por los excrementos de los caballos que algunos muchachos de las cercanías alquilan a los visitantes para ganar un dinero extra, personas haciendo largas filas para comer en los escasos lugares donde los precios son más pasaderos aunque igual de injustos, son algunas de las “atracciones” de un parque que, paradójicamente, continúa siendo junto al Malecón, los únicos lugares de La Habana donde los padres con pocos recursos pueden regalar un día de “paseo” a sus hijos.

Este artículo de Ernesto Pérez Chang fue publicado originalmente en Cubanet.

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). A finales de este año 2014, la editorial Silueta, de Miami, publicará su más reciente novela: Comida. Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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